Para explicar a Aníbal Pachano hay que explicar a una generación anterior. Un odontólogo llegando a Añatuya con un descapotable, un flechazo en una fiesta, una huida en tren: el muchacho que no era bien recibido por la familia de la muchacha, deja bien atrás su descapotable, sus dos matrimonios y sus seis hijos y llega junto a su nuevo amor a Tostado, Santa Fe. Pasa del arte de taladrar dientes con un torno a pedal a un cargo de Jefe de Policía. Nacen sus nuevos dos hijos -uno de ellos, Aníbal- y, años después, traslada al clan a Carlos Paz y más tarde a Buenos Aires. En Las Cañitas, en un conventillo, el heredero más chaplinesco dibuja y dibuja. Se convertirá en arquitecto, promedio 9. Querrá construir, edificar, levantar algo más que paredes.

"Yo quiero hijos de ojos celestes", decía la mamá de Aníbal. "Ni por la izquierda, ni por la derecha, siempre por el centro", repetía el papá. Aníbal reproduce las escenas, mueve el semi-bigote, hace mutis por el foro. Está intentando entenderlos. Y entenderse.