Hace una semana, Alberto Fernández desembarcaba después de una gira exitosa por Alemania, Francia y España, además de la reunión con el papa Francisco. El objetivo central -como el que animó su viaje a Israel- fue enviar un claro y robusto mensaje sobre el perfil de su política exterior. El propio Presidente la llamó “europeísta”, en un intento de poner distancias formales y semánticas con Washington, y diferenciada de la que se instrumentó durante la larga gestión de Cristina Kirchner​.

Lo de Alberto fue un borrador y una intención porque una política exterior diseñada con ese objetivo “europeísta” requeriría, cuanto menos, de precisiones más concretas. Pero fue una forma de denominarla, en contraste con la que tenía solo referencia en Caracas, Teherán o Moscú.