No hubo una jugada icónica como lo fue aquella palomita que inmortalizó Emanuel Ginóbili. No la hubo porque no hizo falta. Argentina le ganó a Serbia (97-87), una de las dos grandes candidatas del Mundial de China, de principio a fin. Con algo de sufrimiento, claro; ¿cómo no lo iba a haber si enfrente estaba una potencia? Pero con claridad al mismo tiempo. Sin dejar dudas. Desde la convicción a la ejecución. Desde el reconocimiento de los errores a la potenciación de las virtudes. Desde Luis Scola, el símbolo que a los 39 años jugó más que nadie (30 minutos) a Lucio Redivo, el único que no vio minutos. Así se construyó una de las ¿tres? victorias más importantes en la vida entera del básquetbol nacional, una que permitió meterse en las semifinales del campeonato.

Se ganó con personalidad. A no pasar por alto: cuando esta Argentina empezaba a gatear, allá por 2015, esta Serbia ya tenía un subcampeonato del mundo (2014) tras haber sido superada sólo por los NBA de Estados Unidos. Cuando este equipo de Sergio Hernández daba sus primeros pasos en la élite y aprendía a medirse con esa clase de rivales, transitando 2016, los serbios sumaban una plata olímpica, otra vez sucumbiendo apenas con las estrellas de la mejor liga del planeta.

En cinco años, Argentina se hizo adulta. Y se enfrentó a una Serbia que lucía incluso mejor que sus antecesoras. Porque a diferencia de los dos planteles anteriores, este grupo cuenta no con uno, sino con cuatro NBA, a los que les suma -además- cinco hombres de Euroliga. Que juntos conformaron un equipo temible, que -al margen de la derrota con España cuando ya estaba clasificada- venía aplastando rivales a gusto y placer.

Por eso Patricio Garino decía: "Esto no es una sorpresa para nosotros. Lo más grande de este grupo es el amor propio, el creer en uno mismo y en el equipo; la química que tenemos es impresionante". Por eso, Sergio Santos Hernández lo resumió: "Lo ganamos porque creíamos que lo podíamos ganar. Tuvimos disciplina, carácter, ilusión, rebeldía, audacia. Tenemos jugadores que son bravos en eso; cuando disfrutan adentro de la cancha, son asesinos".

Con ese instinto, la Selección dominó. Impuso su voluntad a partir de un trabajo al detalle del staff técnico, que supo cuándo, cómo y por dónde lastimar y también de qué y cómo defenderse, y de intérpretes que, como dice Garino, saben "qué tiene que hacer cada uno".

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Se ganó con juego. Siempre se habló de la defensa de este equipo, y es cierto y justo ponderarla. Porque Serbia se encontró con una intensidad en el perímetro que la forzó a errar a distancia (8-28, apenas un 29% de acierto) y una lucha en la pintura que la incomodó permanentemente. La disciplina, la paciencia y la rotación fueron claves: algunos jugadores argentinos se cargaron de faltas rápido pero al cabo, ninguno terminó con más de tres faltas.

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Y el ataque fue un show. Si se trata de uno de los tres o cinco triunfos más destacados de todos los tiempos no deberá sorprender que el nivel de ejecución ofensivo, por momentos, haya mostrado algún parentesco con aquel equipo que maravilló al mundo en Indianápolis 2002. La Selección le anotó casi 100 puntos a uno de los dos mejores equipos del mundo.

De izquierda a derecha y de frente: Sergio Hernández, el entrenador de la Selección, y dos de sus asistentes, Maximiliano Seigorman y Juan Gatti, celebran el pase a semifinales del Mundial. (Foto: Reuters)

De izquierda a derecha y de frente: Sergio Hernández, el entrenador de la Selección, y dos de sus asistentes, Maximiliano Seigorman y Juan Gatti, celebran el pase a semifinales del Mundial. (Foto: Reuters)

Lo hizo con múltiples variantes. Cuando Argentina roza el techo de sus posibilidades basquetbolísticas, defenderla es como jugar al ajedrez con un rival que, en vez de peones, tiene alfiles, caballos y reinas. Facundo Campazzo puede inventar un pase de faja que nadie más ve, meterse en el tráfico y definir con una bandeja, tirar un triple imposible; Nicolás Laprovittola y Luca Vildoza pueden asistir o anotar castigando en transición; Nicolás Brussino puede lastimar a distancia; Luis Scola y Marcos Delía pueden hacerse un festín ante el descuido de sus figuras bajo el aro; Garino y Gabriel Deck pueden penetrar y romper a pura potencia...

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Lo del capitán merece el famoso "párrafo aparte". Scola es el primero en conocer sus limitaciones. Entonces, si ya no se puede inventar puntos él solo, lee el juego y entiende que, si bien el rival lo tiene bien visto hace décadas y lo va a marcar de cerca, también deberá prestarle atención a sus compañeros. Y ahí aparecerá ese mínimo centímetro que él necesita para hacer la diferencia a partir de su sabiduría, su movimiento de pies y sus mañas, claro; la viveza buena.

No importó el tamaño, la edad, la agilidad ni nada de lo que tuvieran los internos serbios: Scola fue y les anotó 10 de sus 20 puntos en el último cuarto. Y aportaron todos: Campazzo metió 18 y 12 asistencias; Garino, 15; Deck, 13; Vildoza, 11...

Hernández reconoció que sabía que tenían que plantear un partido con marcador alto por la simple razón de que a cierto nivel de talento no se lo puede detener si no se cuenta con las herramientas suficientes. Entonces cortó la circulación, a sabiendas de que Bogdan Bogdanovic (21 puntos), Nemanja Bjelica (18, pero con apenas 29% de acierto) y Jokic (16) anotarían a partir de sus propias virtudes, pero limitando ese juego de conjunto que venía brillando. No se preocupó de más por la lucha rebotera, que Serbia ganó 42 a 29.

Argentina se conoce a la perfección a sí misma. Nunca intenta hacer aquello que no puede. Juega con lo que sabe y de la forma que sabe. Lo viene haciendo desde que Guillermo Vecchio convenciera a aquel grupo que arrancó a competir en juveniles desde aproximadamente 1995, del que hoy queda un Scola que funcionó como inmejorable transmisor. Pero lo sostuvo Julio Lamas, lo perfeccionó Rubén Magnano y lo evolucionó Oveja Hernández.

Junto a los dos triunfos contra Estados Unidos en el Mundial 2002 y los Juegos Olímpicos 2004, este éxito probablemente ocupa el podio. El resultado así lo permite. Si hubiera sido de otra manera, o si llega a serlo el viernes, desde las 9 de la mañana argentinas contra Estados Unidos o Francia, la esencia no se modificará. Yace ahí el legado más grande, ese que ahora es de estos chicos -hoy hombres- tanto como de la Generación Dorada. Se lo han ganado.