Por Víctor Ramés
[email protected]

Mapa del Plata y el Tucumán incluido en la edición inglesa de 1716 del libro de Acarette du Vizcay.

En el año 1716 se publicó en Londres un libro cuyo autor firmaba con iniciales que no coincidían realmente con su nombre. El título traducido era “Relación de un viaje al Río de la Plata y de allí por tierra al Perú con observaciones sobre los habitantes, sean indios o españoles, las ciudades, el comercio, la fertilidad y las riquezas de esta parte de América”. Del francés Acarette du Biscay -cuyo apellido proclamaba su origen vizcaíno- no quedaron muchos más datos que los que ofrece ese libro, fruto de su viaje de 1658, una fuente valiosa debido a lo detallado de sus descripciones de los Virreinatos que visitó. Luego de permanecer muy poco tiempo en Buenos Aires, emprendió un viaje por la legendaria ruta de la plata que llevaban a las minas de Potosí, en la actual Bolivia, y en sus anotaciones consta que pasó por la ciudad de Córdoba (“Cordoua”, en su escritura original), a la que le dedicó una mirada y unos pocos párrafos.
Se afirma que Acarette llegó al Plata haciéndose pasar “por el sobrino de un caballero español para eludir la prohibición española de recibir visitantes extranjeros en sus posesiones en el Nuevo Mundo”. En efecto, regían las restricciones del Consejo de Indias -la Casa de Contratación en Sevilla-, si bien las mismas se habían vuelto más laxas y se promulgaba licencias reales que legitimaban los intercambios comerciales. Las anotaciones del libro del viajero dan cuenta de su mirada que imagina muchas posibilidades de explotación en el continente exótico que se lanzó a recorrer.
El viaje de Acarette a Sudamérica se inició a fines de diciembre de 1657 y arribó al puerto de Buenos Aires luego de ciento cinco días de navegación, entre los meses de marzo o abril del año siguiente. Emprendió de inmediato su recorrido hasta el Potosí y regresó a Buenos Aires, de donde partió de regreso a Europa en mayo de 1659, tocando tierra en el puerto de Santander. El cronista relataría un viaje posterior, en 1666, esta vez a Asunción.
En su momento, Acarette le hizo llegar al ministro de Finanzas bajo el reinado de Luis XIV, Jean–Baptiste Colbert, dos memorias tituladas “Proposición del Sr. de Acarette para la conquista de Buenos Aires en la orilla del Plata en la América Meridional”, lo cual abonaría la idea de Acarette como un espía, que informaba sobre las posibilidades de apropiación por parte de Francia de territorios en América. Transcribimos aquí episodios del viaje de Acarette, su descripción del tramo desde que abandona Santa Fe hasta Córdoba:
“Se cuentan ciento cuarenta leguas de Buenos Aires hasta Córdoba y como algunas partes del camino están deshabitadas en largos trechos, me proveí antes de la partida de todo aquello que me informaron que me sería necesario. Así partí, llevando por guía a un salvaje, con tres caballos y tres mulas, unos para llevar el equipaje y el resto para cambiar en el camino, cuando se cansara el que montaba.
(…)
Desde el Saladillo completamente hasta Córdoba se marcha a lo largo de un hermoso río, que abunda en pescado; no es ni ancho ni profundo, por lo que puede ser vadeado. En sus orillas se encuentra uno pequeñas plantaciones a cada tres o cuatro leguas; son como casas de campo habitadas por los españoles, los portugueses y los nativos, quienes tienen todas las comodidades necesarias para vivir y son muy educados y caritativos con los extranjeros. Su principal riqueza consiste en caballos y mulas, con los cuales comercian con los habitantes del Perú.
(…)
Córdoba es un pueblo situado en una amena y fértil llanura, a orillas de un río, mayor y más ancho que aquellos de los que he hablado hasta ahora. Está compuesta de alrededor de cuatrocientas casas, construidas como las de Buenos Aires. No tiene ni fosos, ni fuerte para su defensa; el comandante de ella es Gobernador de todas las provincias de Tucumán y aunque es el lugar de su residencia ordinaria, con todo se marcha de cuando en cuando, en cuanto ve ocasión, para ir a pasar un tiempo en Santiago del Estero, en San Miguel de Tucumán (que es la ciudad capital de la provincia), en Salta y en Jujuy. En cada una de estas villas hay un Teniente, que tiene bajo sus órdenes a un Alcalde y a algunos Oficiales para la administración de justicia. El Obispo de Tucumán del mismo modo reside en Córdoba, donde la Catedral es la única iglesia parroquial de toda la ciudad; pero hay diversos conventos de monjes, a saber de dominicos, recoletos, y de los de la orden de la Merced, y uno de monjas. Los jesuitas tienen allí un colegio y su capilla es la más hermosa y más rica de todas.
Los habitantes tienen riquezas en oro y plata, que adquieren por el comercio que tienen con las mulas, de las cuales proveen al Perú y otras regiones, comercio que es tan considerable que venden alrededor de 28 o 30.000 animales por año, los cuales crían en sus estancias. Generalmente los tienen hasta que llegan más o menos a los dos años y entonces los ponen en venta y reciben alrededor de seis patacones por cada una de ellas. Los traficantes que vienen a comprarlas las llevan a Santiago, a Salta y a Jujuy, donde las dejan durante tres años, hasta que se han desarrollado bien y hecho fuertes y, después las llevan al Perú, donde actualmente tienen salida para ellas, porque allí, lo mismo que en el resto de las regiones occidentales de América, la mayor parte del transporte se hace a lomo de mula. La gente de Córdoba también se dedica a comerciar en vacas, que se procuran en la campaña de Buenos Aires y llevan al Perú, donde, sin este medio de subsistencia, es seguro que tendrían mucha dificultad para vivir. Esta clase de tráfico hace de este pueblo el más considerable de la provincia de Tucumán, tanto por sus riquezas y productos como por el número de sus habitantes, los cuales suman al menos quinientas o seiscientas familias, además de los esclavos, que son tres veces más, pero la generalidad de ellos, de todas las clases, no tienen otras armas que la espada y el puñal y son soldados muy diferentes: el aire de la región y la abundancia de que gozan los hacen perezosos y cobardes.”