El humo y las luces de las primeras horas de la mañana crean una danza mágica en el paisaje cercano al barrio Gauchito Gil, en la zona Este de la capital salteña. En ese lugar, una decena de personas trabaja a diario, y de manera artesanal, en la cortada de ladrillos. 

No existe un dato certero de cómo fueron los inicios de toda esta actividad, pero sí está claro que en la actualidad trabaja la tercera generación de ladrilleros.

Es el caso de Vicente Márquez, de 39 años, quien empezó junto a su padre a los 17. Vicente cuenta que, por mes, gana en promedio unos 10.000 pesos.

En cuanto a los aspectos ligados netamente al trabajo que lleva a cabo a diario, destaca que una persona realiza 1.500 ladrillos por jornada aproximadamente, aunque eso depende de la mezcla que se prepare.

Una vez que todos los ladrillos se han secado, comienza lo más sacrificado: el proceso de cocción y armado del “tabique”, similar a un horno gigante, que durante seis días es alimentado con leña, continuamente. 

Vicente relata lo colorido que es ver a los amigos del ladrillero colaborando en la “hidratación y nutrición”.

Bajo la sombra de un árbol preparan vino blanco con gaseosa de lima limón y pescado con ensalada, como parte del menú cotidiano. Por lo general, en el lugar reina la alegría y las anécdotas interminables de estos hombres con rostros dibujados por el paso del tiempo.