El Gobierno de Alberto Fernández –sobre todo el kirchnerismo- ha empezado a asomarse en los últimos días a un problema que suele desnudar algunas de sus debilidades conceptuales. Competen, en general, a todas las fuerzas que en la región se definen progresistas. Se trata de la inseguridad. Del manejo de las fuerzas policiales y federales.

La cuestión tiene un impacto superior, incluso, al de los padeceres económicos. Porque el dilema bascula, demasiadas veces, entre vivir o morir. El Presidente ha colocado como epopeya en su agenda el combate contra el hambre. Inobjetable. Cuenta como herramienta con un Estado obeso, burocratizado y corrupto. Pero que, con más y con menos, alcanza a desenvolver su misión.