La carrera de Eddie Murphy ha sabido de altibajos. De comenzar como comediante -era un adolescente cuando le ofrecieron un contrato en Saturday Night Live, cantera de talentos para la comedia-, él solía escribir sus propias rutinas de stand up. Tal vez, herencia de su padre, un policía de tránsito y actor amateur.

Y desde 48 horas (1982), al lado de Nick Nolte, su debut en el cine, se le auguró un futuro, sino brillante, al menos exitoso en el rubro.