No hay presidente de Ecuador en los últimos 25 años que no haya sentido el "poder de fuego" de la Confederación Nacional de Entidades Indígenas (Conaie). Los que más pueden dar fe de lo que puede generar esa marea humana tomando las calles de Quito son Abdalá Bucaram (1996-1997), Jamil Mahuad (1998-2000), Lucio Gutiérrez (2003-2005) y, en menor medida, Rafael Correa (2007-2017). Ahora es el turno de Lenín Moreno.

La fuerza de la organización indígena ha sido vista por muchos sectores en el país como ligada a su representatividad poblacional y política. En Ecuador es difícil determinar qué porcentaje de habitantes es indígena: el censo de 2010 determinó que un 7% de la población de casi 17 millones de personas se autocalifica como tal. Pero estudios posteriores efectuados por el Sistema Integrado de Indicadores Sociales del Ecuador, encontraron que un 14,3% de la población habla una lengua nativa, se autodefine como indígena o sus padres hablan o hablaban una lengua nativa.

Más allá de las estadísticas -hay quienes consideran que hasta el 50 por ciento de los ecuatorianos tiene en raíces indígenas- la importancia del movimiento, y en particular la Conaie, no deriva de que este sea mayoría o minoría, sino de que forma parte constitutiva de la nacionalidad ecuatoriana, sobre todo de la sierra y la selva, contra la "blanca y española" costa del Pacífico. Y, además, porque desde mediados de los años 80 cuando se comenzó a gestar fue capaz de combinar reivindicaciones históricas -como su reconocimiento como pueblo por parte del Estado o el derecho a la tierra- con la acción política en las calles en contra del "neoliberalismo", tan presente en la historia reciente del Ecuador.

Mirá también

Bucaram, "el loco", que había asumido en agosto de 1996 prometiendo un gobierno para los pobres comenzó 1997 con un paquetazo económico (suba de los impuestos a los combustibles y a los denominados consumos especiales como vehículos, perfumes, licores, cigarrillos, la supresión de subsidios al gas, teléfonos y electricidad; el congelamiento-reducción del salario mínimo y la elevación de las tarifas de transporte), que colmó la paciencia de los ecuatorianos frente al presidente. Estos ajustes impopulares (hay quienes sostienen que fueron ideados por Domingo Cavallo) hicieron que la sociedad comprendiera finalmente que nada habría del prometido "gobierno de los pobres". El 5 de febrero de ese año, indígenas ataviados con sus vestimentas típicas y animados por tambores y bocinas, descendieron por bosques y laderas de los cerros hacia Quito para levantar barricadas y dejar incomunicado al país. La suerte de Bucaram estaba echada. Dejó el poder siete meses después de asumir y huyó a Panamá y luego a la Argentina, en donde lo recibió su amigo, el presidente Carlos Menem.

No le fue mejor a Jamil Mahuad, quien llegó al Palacio de Carondelet en agosto de 1998 y que un año y ocho meses después (enero de 2000) corrió la misma suerte. En marzo de 1999, y acaso sirva como ejemplo de estos días, Mahuad -un hombre de negocios con aceitados vínculos con el FMI- había lanzado otro paquetazo que incluía el aumento de las naftas entre el 106 y el 165%, incrementó el IVA en un 50%, se restringió el retiro de dinero de las cajas de ahorro y decretó un feriado bancario, entre otras medidas. La reacción popular fue tal, con los indígenas a la cabeza, que poco después tuvo que dar marcha atrás con varias de ellas.

En medio de ese descalabro económico, el gobierno de Mahuad se consumió todos los sucres del Banco Central para salvar a las entidades financieras: 6.000 millones de dólares para el salvataje, con un costo para los ecuatorianos en inflación, devaluación, recesión, aumento del desempleo y compresión del consumo por el dinero congelado a lo ahorristas. Entre el 29 de diciembre de 1999 y 6 de enero de 2000, el sucre se devaluó en 25,7 por ciento. Mahuad asumió como única salida la adopción del dólar como moneda de curso legal, en sustitución de la moneda nacional el 9 de enero de 2000. Antes de la dolarización, el precio del billete estadounidense en el mercado cambiario había subido de 4.500 a más de 25.000 sucres en menos de un año.

El 21 de enero de 2000, Mahuad fue derrocado cuando las Fuerzas Armadas le retiraron su apoyo luego de que la Conaie tomara las calles de Quito y avanzara hacia el Congreso, apoyados por un grupo de coroneles de las Fuerzas Armadas quienes actuaban de manera independiente a la jerarquía. Entre ellos, estaba el coronel Lucio Gutiérrez, que encabezó brevemente un triunvirato de gobierno transitorio y que llegaría al poder por la vía de las elecciones en enero de 2003, ya con un país dolarizado y con el apoyo expreso de la organización indígena.

Mirá también

Su partido selló una alianza con el movimiento Pachakutik, una fuerza de tendencia indigenista, del ala más progresista de esta, surgido en noviembre de 1995 con el fin de representar los intereses del movimiento indígena liderado por la Conaie y que había participado en elecciones anteriores con escasa representatividad.

Con Lucio, la Conaie tuvo varios ministros en el gabinete hasta agosto de 2003 cuando se rompió la alianza, luego de que el presidente abandonara su agenda de cambio social y pactara con Estados Unidos y el FMI un paquete de ayuda, político y económico. Así, el presidente se quedó sin su mayor base social y en abril de 2005, bajo la llamada "Rebelión de los Forajidos" (clase media urbana enfurecida con el giro del presidente y el apoyo indígena en las calles), se acabó el gobierno de Gutiérrez. "Marcharemos hasta que caiga Lucio", había dicho a este enviado de Clarín en Quito, Luis Macas, presidente entonces de la Conaie y ex ministro de Agricultura de ese gobierno. Era el 19 de abril de 2005. Un día después, el Congreso lo destituía.

El fracaso y la desilusión por la participación en el gobierno pegaron fuerte en la organización. Y las fracturas internas se aceleraron tras la caída de Lucio.

La falta de una fuerza político-electoral de la organización indígena se evidenció durante las elecciones presidenciales de 2006, cuando su candidato Luis Macas, líder del primer levantamiento indígena de 1990, obtuvo menos del 3% de los votos, y se determinó que muchos indígenas prefirieran apoyar en las urnas a Rafael Correa y al candidato Gilmar Gutiérrez, hermano del ex mandatario. Durante el primer gobierno de Correa, los dirigentes indígenas apoyaron decididamente el proceso que llevó a la instalación de una Asamblea Constituyente de 2008 que reconoció en la Constitución la condición de Ecuador como un estado plurinacional unitario.

Además, se estableció que el castellano fueras el idioma oficial de Ecuador, pero se reconoció a su vez el kishwa y el shuar como idiomas oficiales, y el resto de los idiomas ancestrales, pasaron a ser oficiales para los pueblos indígenas en sus territorios. A su vez, los pueblos indígenas pueden desde entonces crear, desarrollar y aplicar derecho propio o consuetudinario, lo que dio como correlato una Justicia Indígena, en base a sus tradiciones ancestrales.

Mirá también

Sin embargo, luego de la Asamblea Constituyente el movimiento indígena dejó de sentirse reconocido políticamente por Correa, sobre todo por el impulso que el ex presidente le dio a la minería, considerada una invasión de sus tierras y un ataque al medio ambiente. Las protestas y movilizaciones en contra de las actividades extractivas se multiplicaron en los años de Correa en el poder, ampliadas por las actividades mineras que empresas extranjeras comenzaron a realizar en el territorio ecuatoriano. Muchas de las grandes movilizaciones fueron convocadas por la Conaie como la protagonizada contra la firma de un contrato entre el gobierno y la empresa china Ecuacorriente, en marzo del 2012.

Para las elecciones de 2017, la Conaie decidió no apoyar a Lenín Moreno y a Alianza País, el partido que había creado Rafael Correa y que, se suponía, sería la continuidad del proceso iniciado en 2007 y su "socialismo del Siglo XXI". Moreno rompió rápidamente con Correa y soportó en estos dos años de gobierno las duras críticas de la organización indígena. Ahora, es el tiempo de la calle, en manifestaciones que suelen ser violentas y sin control. Moreno sabe, la historia de Ecuador así lo indica, lo que eso significa.