Mediodía en la Plaza Mayor de Madrid. Los turistas se sacan fotos con la estatua ecuestre de Felipe III que domina uno de los rincones más emblemáticos de la capital española. Otros, sentados a las mesitas de los bares sobre el empedrado, disfrutan las famosas tapas madrileñas y hay quienes compran souvenires en los locales bajo los arcos, como el que hasta te vende una tortilla en lata con el año de tu nacimiento. Y también están los que van arremolinados detrás de un guía con paraguas, la identificación de los city tours gratuitos que se ofrecen en todas las grandes ciudades europeas. Los turistas –los del free tour, los otros-- pasan por el Arco de Cuchilleros, el más famoso de los 12 pórticos de acceso a la plaza, y bajan los empinados escalones de su escalera de piedra construida en 1790 para seguir la caminata por la Calle de Cuchilleros.

Pasarán por más locales de souvenires, tabernas y jamonerías. Y se van a detener obligadamente 80 metros más adelante. Frente a un edificio de tres pisos, con pequeños balconcitos, techos de tejas y una fachada de madera. Esquivarán a la gente que está haciendo cola para espiar a través de la ventana, donde una maqueta reproduce primorosamente todo lo que está dentro. Y el guía del paraguas, ahora cerrado, entrará al restaurante y pedirá permiso para que los turistas también ingresen y puedan recorrer por un ratito, ese pedazo de historia de Madrid, de España, de Europa y del mundo occidental todo que está resumido ahí: el restaurante más antiguo del planeta.